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Madrugar no mola

Durante mi estancia de Erasmus en Valencia decidí ir a Barcelona con un equipo de estudiantes. Era una excursión de un día, partimos a las cuatro de la mañana, perdón, querría escribir de noche y volvimos a las dos de la noche del día siguiente. No me quejaría tanto de levantarme a las tres, si no fuera que a este tiempo me había acostumbrado a acostarme a más o menos la misma hora. Pues, cuando entré en la cama la noche anterior, pronto descubrí que de ninguna manera no conseguía pegar el ojo. Ay, la vida maravillosa de un chico durante Erasmus.
Cuando salí de mi habitación, me saludó mi siempre sonriente compañero de piso Amado. Metí unos bocadillos, un zumo a la mochila y me ofrecí a Amado que también metiese su bolsa de Mercadona. ¿Cómo se imaginaba andar todo el día por Barcelona con esa bolsa?
El conductor de nuestro autobús resultó ser un señor algo obeso con un inolvidable sentido del humor. ¿Quién otro saludaría un grupo de estudiantes medio durmientes a las cuatro de la noche con un audible “buenos días!”? Os contesto, nadie. Además, Antonio –por así se llamaba– acompañó su saludo con una risa preocupante. ¿Sabéis, cuando alguien dice un chiste y se ríe a sí mismo un poco “jaja”? Pues Antonio se reía “jajajaja”, algo demónico, diría yo.

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Soy alto (unos 190 centímetros), nunca logro dormir, ya que el respaldo es demasiado bajo para mí, mis piernas apenas caben entre las sillas, pero a pesar de todo, me encanta viajar en autobús, o “guagua” como dice Amado. Es una oportunidad para disfrutar del paisaje, reflexionar sobre la vida y observar a los co-pasajeros que duermen con las bocas abiertas. ¡Ay! He planeado que esta entrada trate de la excursión, no del viaje en el autobús. Discúlpadme. Así soy. Un grafómano sin remedio.
Pasamos en Barcelona más o menos once horas, que es un tiempo suficiente para ver todas las cosas importantes desde fuera, pero es imposible entrar a ningún monumento. No vimos el estadio, pero no me interesó de nada, ya que lo había visto antes y no tuve ningún interés en revisitarlo.
El autobús alegre de los estudiantes comenzó su turno en el mirador barcelonés, Tibidabo. Ahí se encuentra un parque de atracciones en una colina de 512 metros. Me sorprendió que tanta gente optó por trepar el cerro haciendo footing. Para mí sería demasiado, aunque en aquel tiempo solía hacer jogging por lo menos tres veces a la semana. Además en la cima se encuentra un barrio de viviendas junto con una iglesia y una plataforma de risa. Una combinación interesante.