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Oceanográfico en Valencia

El domingo me viste mi mejor camisa y nos fuimos, yo y Dorota, al oceanográfico en Valencia. Una de las atracciones de la famosa ciudad de la ciencia y arte. De hecho no había planeado ir allí, pero me dejé llevar por la magia de marketing y promoción: “sólo hasta el final de noviembre una sesión en el planetario por la mitad del precio!”. Pues, ¿cómo pude negar? Ni manera.
Compramos las entradas en el museo de la ciencia, lo que nos permitió saltar la cola gigante en frente de los taquillo en frente del oceanográfico y nos enfrentamos a la aventura, o, por lo menos, a los animales salvajes encerrados en jaulas y piscinas. En aquel momento todavía no esperaba que a la mitad de población valenciana se la había ocurrido la misma idea, junto con sus hijos pequeños, preciosos, gritantes y con realmente inútiles coches de niños.

Reconozco que debía haber adivinado algo después de notar la cola por las entradas, pero soy un chico ingenuo. Imaginaba que los españoles saben cuántas personas pueden dejar pasar. Me equivoqué. Es así que en una oportunidad por las altavoces oímos una advertencia que irían a terminar la venta de entradas, dado el número de los visitantes, pero según mi humilde parecer, eso debía haber ocurrido mucho antes.

bieszczady-1002406_640Visitamos el edificio del mar mediterráneo con las rayas, los erizos de mar, los caballitos de mar y muchas otras peces con tontas expresiones de hocicos o troncos transparentes. Sin hacer caso al hecho que de repente descubrí mi interés “limitado” en el mundo submarino, también me di cuenta de que hay un montón de coches de niños vacíos a los que les encanta visitar el zoo y que resulta casi imposible no pisar a una criatura que corre en la penumbra debajo de tus pies. Salimos sin preocuparnos por ver toda la exhibición.

Pensaba que la multitud quedase en el primer edificio, que después se disminuyese entre las varias atracciones. No soy un tío listo. El siguiente punto del programa era una jaula redonda, en la que vivían los aves de marjal. Me gustó que se podía entrar en la jaula y dar un paseo entre los aves. Bastó con esperar por 20 minutos en una cola. Empecé a sospechar que a los españoles les encanta hacer cola aún más que a nosotros, polacos; o que el gerente del oceanográfico es un borrego, quien permite entrar demasiada gente, pero demasiada demasiada.

Poco a poco se acercaba el tiempo de la exhibición de los delfines, algo que era más interesante y excitante para Dorota. Pues, corrimos hacia la piscina, saltamos como dos groseros la cola, y entramos en el estadio, listos para admirar a los famosos delfines!